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“No quería ver a mi hijo sufrir, eso no tiene que ver con ideologías”

Enviado por paco en Lun, 05/13/2013 - 21:21

Isabel abortó porque el hijo que esperaba tenía una anomalía muy grave

3.200 mujeres pasaron por lo mismo en 2011. Hubo 356 casos extremos

María R. Sahuquillo Madrid 12 MAY 2013 - 22:56 CET138

http://ep01.epimg.net/sociedad/imagenes/2013/05/12/actualidad/1368390748_445821_1368391256_noticia_normal.jpgEL PAIS.

Operación de interrupción del embarazo en una clínica de Valencia. / M. TORRES

“Nadie quiere más a un hijo que una madre. Por eso no quería verlo con sufrimiento, con un dolor tremendo como el que iba a padecer, si es que vivía...”. Isabel López no se arredra cuando explica su decisión. Interrumpió su embarazo hace un mes, a las 30 semanas de gestación; un tiempo en el que muchas familias ya planifican el nacimiento. Pero el hijo que ella esperaba padecía artrogriposis múltiple congénita, una patología muy grave, en su caso de pronóstico nefasto, y que suele acarrear daños neurológicos severos. “Nos informamos de todas las opciones y nos dijeron que no iba a mejorar. Así que decidimos abortar”, dice.

En 2011, se realizaron en España 3.200 interrupciones del embarazo por malformación (el 3% del total). De ellos, 356 por anomalías fetales extremadamente graves e incurables o incompatibles con la vida, según los datos del Ministerio de Sanidad. Todas ellas, después de la semana 22ª de gestación, el único supuesto sin plazo que permite la ley. Casos de artrogriposis, como el de Isabel, agenesia de cuerpo calloso o ciertas cardiopatías congénitas, que cumplen esos requisitos de pronóstico severo y son aprobados por los comités clínicos, designados por las autonomías. Opciones que podrían desaparecer si en la nueva ley que prepara el Gobierno elimina el supuesto de aborto por malformación. Una opción que defiende el titular de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón y que ha desatado una dura división en el Partido Popular.

A Isabel, una administrativa de 40 años que vive en un pueblo de Galicia, le inquieta que la nueva regulación vaya a ese punto. Cuenta que para ella y para Ramón, su marido, recibir el diagnóstico fue un duro golpe. Tienen una hija de siete años y ese segundo embarazo había sido muy deseado. “Pensaba en ese hijo y me decía: ¿qué es más egoísta, verle nacer y sufrir, o dejarle ir?”, relata. Católica —“y practicante”, precisa con su acento cantarín—, cree, sin embargo, que la religión no tiene que ver con este tema. “Precisamente a mí me ayuda ser creyente, porque pienso que alguien puso en mi camino que se detectara el problema para evitarlo. Si se puede impedir un sufrimiento tan tremendo, a mi hijo y a nosotros, es irresponsable no hacerlo. Las creencias y la política no entran en esto”, remarca.

Los médicos detectaron a Isabel la anomalía fetal tarde, en una ecografía en tres dimensiones que decidió hacerse por su cuenta. Pidió varias opiniones. Todas confirmaron el diagnóstico de artrogriposis en grado severo: su hijo habría nacido con múltiples contracturas articulares y daños neurológicos muy importantes.

Hasta hace menos de tres años, un caso como el suyo, de diagnóstico tardío y muy grave, solo tenía dos opciones: seguir adelante con un embarazo, muchas veces inviable, o viajar a otros países. Hasta 2010, expone el jefe del servicio de medicina maternofetal del hospital Clínic de Barcelona, Eduard Gratacós, los abortos por malformación fetal solo se permitían hasta la semana 22ª. “Ahora nos hemos asimilado a la mayoría de la UE con un sistema muy organizado con comités clínicos que solo aprueban las intervenciones que cumplen con la ley”, dice.

Gratacós apunta que con ello se da respuesta a una situación muy complicada. “No puedes dejar desamparados estos casos. Para estas mujeres es un drama importantísimo. Se pasa de una situación de esperanza, por una maternidad muy deseada, a una realidad truncada”, dice. El ginecólogo es uno de los cientos de expertos en diagnóstico prenatal que está en contra de la supresión del supuesto de aborto por anomalía fetal: “Se debe separar la legislación de la ideología”.

Isabel, Ramón y su familia también lo piensan. “Mi abuelo, con 95 años, me decía que me fuera a Londres, como antaño. Y mi suegra, que es una mujer de misa, me dijo: ‘Que Dios me perdone, pero este mundo ya es bastante duro como para traer a nadie a sufrir”, cuenta

Cuando decidió que no continuaría con el embarazo, Isabel cogió un avión y se plantó en Madrid. Ahí, dice, empezó la parte más dura: la espera en el comité, la intervención... “Angustia saber que tomaste una decisión, pero que nada está en tu mano”, dice.

Ahora ya está en casa. Cuando llegaron le explicaron a su hija que el hermanito no llegaría. “El otro día la oí diciéndole a una amiga que su mamá ya no iba a tener el bebé, pero que todos estábamos bien. Es estupenda”, dice.